Lamiel
Lamiel Esta jornada cambió completamente la manera de ser de la duquesa, y en esa misma época olvidó enteramente la bárbara manera como la naturaleza había tratado a aquel hombre tan simpático, el doctor Sansfin.
Lamiel vio toda la fiesta desde el coche de la duquesa, que estaba en medio de la pradera y con los vidrios levantados. Veinte veces se acercó la duquesa a ver si a su favorita no le hacía daño la humedad. La avaricia, que hasta entonces fuera su pasión dominante, estaba completamente vencida.
A los ocho días de esta famosa fiesta en la torre de Albret, fiesta de la que quedará recuerdo duradero en la comarca de Bayeux, se vio en Carville un gran carro de mudanzas procedente de París. Estaba lleno de obreros, de tapiceros y de toda clase de estofas propias para decorar un castillo. Las cinco salas superpuestas que formaban la torre gótica quedaron maravillosamente amuebladas. La duquesa, despojada de la avaricia, sentía el corazón vacío y caía en el amor a los excesos, proyectando ya otra gran comida.