Lamiel
Lamiel El retorno de la favorita le produjo a la duquesa una alegría infantil. Para ser justos, debemos decir que el mismo entusiasmo hubiera sentido por cualquiera otra cosa singular hecha por Lamiel. Desde que se ocupaba en algo y ya no se pasaba la vida lamentándose de los progresos del jacobinismo, la duquesa había recobrado una salud brillante y, cosa mucho más importante a sus ojos, iban desapareciendo las primeras arrugas que le habían invadido la frente, y su tez iba perdiendo cada día algo de aquel color amarillo que acompaña a las lamentaciones continuas. Por la noche, al entrar en el salón, el doctor se quedó consternado; oyó reír en el segundo salón que precedía al que ocupaba la duquesa; era Lamiel pronunciando el inglés que le estaban enseñando desde hacía un cuarto de hora. La duquesa, que había pasado veinte años de su juventud en Inglaterra durante la emigración, se figuraba hablar inglés y había desafiado al abate Clément, el cual, nacido en Boulogne-sur-Mer, hablaba el inglés como el francés. A Lamiel se le ocurrió la idea de aprender inglés, para poder leer a la duquesa las novelas de Walter Scott cuando ella reanudara sus funciones de lectora. El doctor vio que estaba perdido, y como estaba convencido de que un jorobado triste que deja trascender su tristeza es un hombre perdido para siempre en el salón donde cometiera esta imprudencia, se apresuró a salir y nadie se dio cuenta de su desaparición. El buen abate Clément, muy lejos de confesarse la clase de interés que sentía por Lamiel, pensaba constantemente en ella. Suponía que, con el tiempo y la protección tan declarada de la duquesa, Lamiel haría una boda que la situaría en la buena burguesía. Enseñó a Lamiel un poco de lo que ignoraba y que había que saber para no hacer el ridículo en sociedad: un poco de historia, un poco de literatura, etc. Esta enseñanza era muy diferente de la que le daba el doctor Sansfin. No era una enseñanza dura, escueta, no iba al principio de las cosas como la de Sansfin; era suave, insinuante, llena de gracia; una pequeña máxima sobrevenía siempre precedida de una bonita anécdota, de la que era en cierto modo consecuencia, y el joven preceptor se cuidaba de dejar a la joven alumna que ella misma sacara esta consecuencia. Con frecuencia, Lamiel caía en una profunda abstracción que el abate no sabía cómo explicar. Esto ocurría cuando alguna cosa enseñada por el abate parecía en contradicción con una de las terribles máximas del doctor. Por ejemplo, según éste, el mundo no era más que una mala comedia representada sin gracia por unos granujas sin gracia, unos viles mentirosos; por ejemplo, la duquesa no pensaba una palabra de lo que ella misma decía, y sólo se preocupaba de sembrar máximas útiles a la posición de una duquesa. La buena conducta de una mujer —otro ejemplo— tenía el peligro de que, segura de su conciencia y de la realidad de su virtud, se permitiera imprudencias que podía aprovechar un enemigo cauto, mientras que la mujer que seguía todos sus caprichos tenía en primer lugar el placer de divertirse, lo único positivo en el mundo, según el doctor.