Lamiel

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—¡Cuántas jóvenes mueren antes de los veintitrés años! —le decía a Lamiel—, y entonces, ¿de qué sirven todas las molestias que se han impuesto desde los quince años, todos los placeres de que se han privado por ganar la opinión favorable de ocho o diez viejas que constituyen la buena sociedad del pueblo? Varias de estas viejas que, en su juventud, gozaron de la facilidad de costumbres que había en Francia antes del reinado de Napoleón deben de burlarse mucho en el fondo de su alma de las atroces limitaciones que imponen a las muchachas que tienen dieciséis años en 1829. Hay, pues, doble ventaja en escuchar la voz de la naturaleza y seguir todos sus caprichos: en primer lugar, se da uno gusto, que es lo único para lo que la raza humana está en la tierra; en segundo lugar, el alma fortificada por el placer, que es su verdadero elemento, tiene el valor de no omitir ninguna de las pequeñas comedias que tiene que hacer una muchacha para ganar la buena opinión de las viejas influyentes en el pueblo o en el barrio donde éstas vivan. El peligro de la doctrina del placer es que el de los hombres los induce a jactarse constantemente de las bondades que las mujeres han podido tener con ellos. El remedio es fácil y divertido: la mujer debe atormentar siempre al hombre que ha servido a sus placeres.

El doctor añadía una gran cantidad de detalles.


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