Lamiel

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—Una mujer no debe escribir, o, si tiene esta debilidad, no debe entregar nunca una segunda carta sin que le devuelvan la primera; no debe fiarse nunca de una mujer, a no ser que tenga el medio de castigarla a la menor traición. Jamás una mujer puede sentir cariño por otra mujer de la misma edad que ella.

—Todo eso es muy minucioso —añadía el doctor—, pero ya ves en qué minucias, en qué mentiras se fundan las opiniones que las mujeres de la localidad toman por verdades del Evangelio.

El abate, sin darse cuenta, estaba ya tan enamorado que estos momentos de distracción de Lamiel le sumían en una pena mortal.

Hizo leer a su joven discípula el tratado de la educación de las jóvenes, del célebre Fénelon, pero Lamiel tenía ya bastante inteligencia para encontrar vagas y sin conclusión aplicable todas aquellas ideas tan dulces expresadas en un estilo tan pulido y tan atento a la vanidad de la inteligencia del discípulo.

«Por ejemplo —se decía Lamiel—, he aquí una gracia que nunca ha conocido el doctor, ¡qué diferencia entre su alegría y la del abate Clément! En el fondo del corazón Sansfin sólo está contento cuando al prójimo le ocurre alguna desgracia; en cambio, este buen cura rebosa bondad para todos los hombres».


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