Lamiel
Lamiel Pero, admirando y hasta queriendo un poco al joven abate, a Lamiel le daba lástima cuando le veía esperar la misma bondad de los demás. En cuanto a ella, era ya una pequeña misántropa; el conocimiento del doctor había servido de prueba a las explicaciones que él le daba de todas las cosas; creía que todos los hombres eran tan malos como él. Un día, por divertirse, Lamiel dijo al abate Clément que su tía Anselme había hablado muy mal de él a la duquesa. La tía estaba furiosa por el cariño de su sobrino a Lamiel, su rival preferida por la duquesa. Había puesto grandes esperanzas en que disminuiría el dominio sobre la gran dama usurpado por aquella chicuela. Al ver la cara de sorpresa y desconcierto del abate Clément ante esta noticia, Lamiel le encontró ridículo y le miró mucho tiempo a los ojos. Pensó:
«Es mucho más simpático que Sansfin, pero es como el retrato del hijo de madame: parece un poco corto». Ésta era una de las palabras de la duquesa. Lamiel, en contacto con la buena sociedad, iba adquiriendo rápidamente el arte de exponer sus ideas con palabras exactas.