Lamiel
Lamiel Bromeaba a menudo con el abate, y le insultaba, pero de un modo tan cariñoso que él se sentía plenamente feliz a su lado. También Lamiel, cuando anunciaban su llegada, sentía disiparse alguna reminiscencia del aburrimiento que le producían aquellas grandes estancias del castillo, tan magníficas, pero tan tristes.
La duquesa se había acordado de un libro inglés que a ella le había entusiasmado cuando vivía en el pueblo vecino del castillo de Hartwell, y el abate Clément explicaba a Lamiel las injurias de un tal Burke contra la Revolución francesa, A este hombre le habían comprado dando a su hijo un gran empleo en las finanzas. En las pocas entrevistas a solas que el doctor Sansfin conseguía aún de Lamiel, le explicó lo ridícula que era la adoración de la duquesa por este libro. Sansfin nombraba rara vez al abate Clément, pero, de uno o de otro modo, todos sus epigramas se referían a él, O el joven sacerdote era un imbécil incapaz de entender la política, o más bien era un pillo como los demás que quería también un buen cargo en las finanzas o cosa equivalente.
El lector piensa quizá que Lamiel va a enamorarse del simpático abate Clément, pero el cielo le había dado un alma firme, burlona y poco propensa a un sentimiento tierno. Cada vez que veía al abate, recordaba las burlas de Sansfin, y cuando Clément razonaba a favor de la nobleza o del clero, ella le decía siempre: