Lamiel
Lamiel «Esa muchacha extraordinaria de la que, según usted me reprocha, hablo demasiado a menudo, no es todavía una belleza; es un poco excesivamente alta y demasiado delgada. Su cabeza presenta el germen de la perfección de la belleza normanda: frente soberbia, ancha, audaz, cabello de un rubio ceniciento, nariz pequeña, admirable, perfecta. Tiene los ojos azules y no bastante grandes; barbilla fina, pero un poco demasiado larga. La cara, ovalada, y creo que el único defecto que se le puede encontrar es la boca, que tiene un poco el ángulo caído de la de algunos peces. Pero la dueña de esta criatura que, aunque tiene ya más de cuarenta y cinco años, goza desde hace poco su veranillo de San Martín, habla tanto de los defectos reales de la muchacha que soy casi insensible a ellos».