Lamiel

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Cuando sobrevenía la visita de alguna dama noble de las cercanías, el joven sacerdote y la lectorcita burguesa, y menos aún que burguesa, no eran dignos de escuchar los secretos del partido ultra. Se estaban preparando entonces los decretos de julio, en cuyo secreto estaban muchos castillos de Normandía. En estas ocasiones, los dos personajes amigas nuestros se iban a admirar en el extremo del salón las gracias de un magnífico loro blanco atado a su palo con una cadena de plata. Los veían, pero no podían oírlos. El pobre abate se ponía colorado, pero al poco rato la conversación de Lamiel era más animada que nunca. En presencia de la señora, hablar de temas no iniciados por la propia duquesa hubiera sido una falta de respeto. Sola con el abate, la muchacha le asaeteaba a preguntas sobre todas las cosas, sobre todo lo que la extrañaba; ella era completamente feliz, pero a menudo ponía en grandes apuros a su interlocutor. Por ejemplo, un día le dijo:

—Hay un enemigo contra el que tienden a prevenirme todos los libros que la señora me hace leer para mi educación; pero nunca me dicen claramente qué es. Dígame, señor abate, usted, en quien tengo tanta confianza: ¿qué es el amor?

La conversación había sido hasta entonces tan sincera e ingenua, que el joven sacerdote, distraído por su amor, no tuvo la presencia de ánimo de contestar que ignoraba lo que era el amor, y dijo atolondradamente:


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