Lamiel
Lamiel —Es una amistad tierna y entusiasta que hace sentir una suprema felicidad en pasar la vida con la persona amada.
—Pero en todas las novelas de madame de Genlis que la señora me hace leer se ve siempre un hombre enamorado de una mujer. Dos hermanas, por ejemplo, se pasan la vida juntas, y sienten una por otra el más tierno afecto, y sin embargo no se dice que sientan amor.
—Es —respondió el joven sacerdote— que el amor debe ser santificado por el matrimonio, y esta pasión es pecaminosa si no la consagra un sacramento.
—Entonces —replicó Lamiel con una inocencia perfecta, pero dándose, sin embargo, perfecta cuenta de que iba a poner en un apuro al abate Clément—, entonces usted, señor cura, no puede sentir amor, puesto que no puede casarse…
Dijo estas palabras con tanta gracia y con una mirada tan singular, que el pobre sacerdote se quedó petrificado, con los ojos desmesuradamente abiertos y fijos en Lamiel.
«¿Se da cuenta del alcance de lo que ha dicho? —se preguntaba el abate—; en este caso, hago mal en venir tan a menudo al castillo; la gran confianza qué tiene en mà está muy cerca del amor y parece conducir a él».