Lamiel

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Estas deliciosas ideas ocuparon el alma del joven sacerdote durante veinte segundos; luego se dijo horrorizado:

«¡Dios mío, qué he hecho! No sólo cedo a una pasión culpable por mi parte, sino que me expongo a seducir a una muchacha cuya virtud me ha sido confiada por un compromiso, tácito, es cierto, pero que por lo mismo debe ser mis sagrado para mí».

—¡Hija mía!… —le dijo en el tono que adoptaba en el púlpito y con voz tan alta que hizo levantar los ojos a la duquesa y a las dos damas que hablaban con ella en voz baja. Después de estas palabras, el joven sacerdote, como trastornado por el esfuerzo que acababa de hacer, se irguió en toda su estatura, lo que extrañó mucho a Lamiel y hasta la divirtió.

«Le he picado en el honor —se dijo—; ¡algo muy extraordinario tiene que haber en la palabra Amor!».

Mientras ella se hacía esta rápida reflexión, el abate Clément se rehizo.



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