Lamiel
Lamiel —Hija mÃa —le dijo moderando la voz—, mi ministerio me prohÃbe absolutamente responder a las preguntas que puede dirigirme sobre el amor. Lo único que puedo decirle es que esa clase de locura deshonra a una mujer si ésta le permite durar más de cuarenta dÃas (la duración de la Cuaresma) sin consagrarla con el sacramento del matrimonio; en cambio, los hombres son tanto más estimados en el mundo cuantas más muchachas o mujeres casadas han deshonrado. AsÃ, cuando un joven habla de amor a una muchacha, ésta procura siempre guardar el secreto; en cambio, el joven al que en ese caso llaman un seductor, mientras finge guardarlo tan bien, lo único que desea es que se descubra: trata de conservar a su amante dejando adivinar a la gente la victoria que ha conseguido sobre su prudencia. AsÃ, pues, puede decirse que el peor enemigo para una muchacha es el mozo que le habla de amor. No obstante, no le ocultaré la verdad. Para sustraerse al estado de obediencia pasiva en que se encuentra una muchacha con respecto a su madre y poder mandar a su vez, es natural que la muchacha procure casarse. Pero este momento es muy peligroso. Una muchacha puede perder para siempre su reputación. Debe considerar muy bien cuáles son los intereses de vanidad del mozo que le hace la corte, pues entre nosotros sólo hay dos maneras de hacer un papel brillante en la sociedad: haber demostrado bravura en la guerra, en los duelos con jóvenes importantes, o bien haber seducido a muchas mujeres destacadamente bellas y ricas.