Lamiel

Lamiel

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Aquí estaba Lamiel en su terreno; veinte veces le había explicado el doctor Sansfin todo lo que debe hacer una muchacha para pasar alegremente una juventud que la muerte puede cortar, y ello sin perder la estimación de las viejas del lugar donde vive. Lamiel miraba al joven sacerdote con aire malicioso; luego le dijo:

—Pero ¿qué es seducir, señor cura?

—Que un hombre hable demasiado a menudo y con interés a una muchacha.

—Entonces —replicó Lamiel con malicia—, ¿acaso usted me está seduciendo?

—No, gracias al cielo —repuso aterrado el joven sacerdote, y la mortal palidez que desde hacía unos momentos había invadido su rostro se tomó en vivo rubor; cogió con gesto vivo la mano de Lamiel, luego rechazó lejos de sí a la muchacha con un gesto feroz que a ella le pareció muy raro. El abate Clément, volviendo al tono con que, predicaba en el púlpito añadió hablando muy alto—; Yo no podría seduciría, puesto que no puedo desposarla; pero toda muchacha queda deshonrada y probablemente condenada sí deja que le hablen de amor o de amistad, la palabra importa poco, durante más de cuarenta días y no pregunta al hombre que dice amarla si tiene el propósito de consagrar sus sentimientos con el sacramento del matrimonio.

—Pero ¿y sí el hombre que siente amistad por la muchacha es ya casado?


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