Lamiel
Lamiel —Entonces es el horrible pecado de adulterio, un pecado que constituye la gloria suprema de los jóvenes y que, en Francia, determina los rangos entre ellos. Pero mientras que el hombre se vanagloria, la desventurada adúltera se ve obligada a vivir sola en el campo y, con mucha frecuencia, en la miseria; cuando entra en un salón, todas las mujeres se alejan ostensiblemente de ella, incluso las que son tan culpables como ella. Su vida es abominable en este mundo y, como su corazón se llena de odio y de maldad, se condena probablemente en el otro, de suerte que su vida es espantosa en la tierra y, al morir, la esperan los tormentos más horribles.
Esta imagen pareció impresionar profundamente a la joven; al cabo de un instante, se dijo:
«Pero ¿hay infierno? ¿Hay un infierno eterno, y Dios sería bueno si hiciera un infierno eterno? Pues al fin y al cabo, en el momento en que yo nací, Dios sabía perfectamente que yo viviría, por ejemplo, cincuenta años y que al cabo de este tiempo me condenaría. ¿No era mejor hacerme morir inmediatamente? ¡Qué diferencia en cuanto a profundidad e interés entre los razonamientos del doctor y los del cura! Pero hay que contestar a éste, porque si no, creerá que no sé contestarle». Contestó, pues, en un tono muy conmovido.