Lamiel
Lamiel —Lo comprendo muy bien: no se debe hablar todos los dÃas, y sobre todo con amistad, ni a un hombre casado ni a un sacerdote; pero ¿y si una siente amistad por ellos?
A estas palabras, el abate Clément, alteradÃsimo, sacó el reloj.
—Tengo que ver a un enfermo —exclamó, extraviados los ojos—. Adiós, señorita. Y escapó, olvidándose de despedirse de la duquesa, que se quedó muy ofendida por la falta de respeto de aquel curilla.
—¿No está a su servicio este hombre? —le dijo la marquesa de Pauville, que estaba sentada a su derecha.
—Es nada menos que el sobrino de mi doncella —repuso la duquesa sonriendo con desprecio.
—¡Mira el curilla ése! —exclamó la baronesa de Bruny, sentada a la izquierda de la duquesa.
Estas palabras, lanzadas con tanto desprecio sobre el pobre abate Clément, que tenÃa un pelo tan bonito, le favorecieron en el corazón de Lamiel.