Lamiel

Lamiel

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En lugar de pensar en la pobreza de su razonamiento comparada con la argumentación, firme como el granito, del doctor Sansfin, vio al mozo lleno de candidez y obligado por su pobreza a repetir argumentos ridículos en los que acaso no creía. «¿Acaso Burke —pensaba— creía las cosas absurdas que él lanzaba contra Francia? No, exclamó interrumpiéndose a sí misma, mi abate es un hombre honrado».

Y se quedó muy pensativa; no sabía cómo demostrarse que el abate era honrado, y por otra parte veía muy bien que la conversación que acababa de tener con él la había puesto, respecto al simpático abate, en una situación verdaderamente extraordinaria. Al cabo de un cuarto de hora, estaba encantada, pues todo lo que daba pasto a su imaginación la entusiasmaba, y aquí tenía que adivinar lo que hasta tal punto había podido turbar al joven abate. A Lamiel no le había parecido nunca tan guapo.







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