Lamiel
Lamiel «Quiero saber a todo trance —se dijo— quĂ© es el amor. Mi tĂo dice que es un gran pecado, pero ÂżquĂ© importan las ideas de un imbĂ©cil como mi tĂo? Es como el gran pecado que era para mi tĂa Hautemare echar caldo de carne a la sopa del viernes: decĂa que eso era ofender muchĂsimo a Dios; y yo veo que la señora duquesa, por haber pagado veinte francos, come carne todo el año, ella y toda su casa, incluida yo, y esto ya no es pecado. La verdad es que todo lo que dicen mis pobres tĂos Hautemare es idiota. ¡QuĂ© diferencia con las palabras del doctor! El pobre cura ClĂ©ment no tiene más rentas en el mundo que ciento cincuenta francos al año. Bien me doy cuenta de que, desde que me ama, madame Anselme ya no le hace regalos; el dĂa de su santo, no le regalĂł más que seis varas de paño negro, y para eso era un resto del luto por el señor duque. Verdad es que la señora le hace algunos regalitos, y que los campesinos le regalan tambiĂ©n algo de caza, pero quizá se ve obligado, como el subprefecto, monsieur de Bermude, a decir muchas cosas para que no le destituyan. ¡Cuántos largos discursos en favor de los ministros nos suelta ese pobre monsieur de Bermude!, y sin embargo ya le han destituido por no haber hablado en las elecciones como querĂa su ministro. ¡QuĂ© tonterĂa, quĂ© imprudencia!, dice la señora: eran tonterĂas sin sentido comĂşn, mas para Ă©l —piensa Lamiel— sĂ le tenĂan: el sentido de hacerle conservar su puesto, y ahora Bermude va a verse reducido a vegetar con ochocientas libras de renta. Esto es lo que les ocurrirá siempre a todos esos pequeños burgueses que quieren hacer de romanos».