Lamiel

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No se equivocaba: la naturaleza le había dado el alma que se requiere para despreciar la debilidad; entretanto, el amor ensayaba los primeros ataques a su corazón; volvió a pensar en el abate Clément, y no fue la lógica continuación del razonamiento lo que la llevó a pensar en este simpático joven; era muy pálido; con la sotana negra que se había hecho con las seis varas de paño, regalo de madame Anselme, parecía aún más flaco y aumentaba la tierna compasión que inspiraba a Lamiel. ¡Cuánto le hubiera gustado poder discutir con él los severos principios que debía a la alta sabiduría del doctor! «Pero acaso —añadía— todo lo que el abate Clément me dice contra el amor es porque el arzobispo de Ruan se lo ordena so pena de perder su puesto, En este caso, hace muy bien en hablar así, pero sí yo creyese una palabra de todo lo que me dice, sería una tonta, y él se burlaría de mí en el fondo del corazón; cuando me habla de literatura inglesa, es muy diferente; estas cosas no le interesan a su obispo, que a lo mejor no sabe inglés. Quieren engañarme en todo lo que se refiere a eso del amor, pero no pasa día sin que yo lea algunas frases relativas a ese amor. Las personas que hacen el amor, ¿pertenecen a la clase de los bobos o de los inteligentes?». Lamiel hizo esta pregunta a su oráculo, pero el doctor Sansfin era demasiado inteligente para responder con claridad.


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