Lamiel

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Dos horas después apareció en el castillo el venerable Hautemare con su traje de los domingos. Su llegada a las once de la noche fue un acontecimiento; tuvo que tocar la primera campana del patio grande antes que Saint-Jean, el viejo ayuda de cámara encargado de las llaves de las puertas exteriores, se dignara reconocer que llamaban. A la duquesa se le ocurrió pensar que el son de esta campana era fúnebre. «Algo ha pasado en París, se dijo: ¿qué decisión habrá tomado mi hijo? ¡Dios mío, qué desgracia que ese monsieur de Polignac sea ministro! El sino de nuestros Borbones es llamar siempre a su consejo a los imbéciles. Habían encontrado a monsieur de Villèle, que es ciertamente un burgués, pero ésta es una razón para que conozca mejor a los burgueses que atacan a la corte. Habrán llevado a las Tullerías la Escuela Politécnica con cañones, y esos pobres hijos, seducidos por unas palabras lisonjeras del rey, van a defender las Tullerías como las defendieron antaño los suizos el 10 de agosto».

La duquesa, en su impaciencia, llamó a todas las doncellas, abrió la ventana y se precipitó a medio vestir a su gran balcón.

—Vamos, Saint-Jean, vamos, ¿te decidirás por fin a abrir?

—¡Diablos, señora! —respondió el viejo ayuda de cámara de muy mal humor—, ¡vaya unas horas de abrir! No quiero que me muerdan.


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