Lamiel
Lamiel —Pero ¿tienes miedo de que te muerdan las gentes que están asaltando mà puerta? ¿Y qué gentes son ésas?
—¡Qué ocurrencia! —replicó el viejo malhumorado—; son los perros de la señora que vienen detrás de mÃ; ¡bonita idea el haber traÃdo estos horribles mastines ingleses! Esos ingleses, una vez clavado el diente, no sueltan jamás la presa.
Tardaron un cuarto de hora en despertar a Lovel, un criado inglés que era el único a quien escuchaban sus compatriotas los bull-dogs. Mientras tanto, la campanilla tocaba cada vez más fuerte. Hautemare, que era el que llamaba a la puerta, suponÃa que no querÃan abrirle. Los campanillazos insistentes, los ladridos de los perros, las murmuraciones de Saint-Jean, los juramentos de Lovel, transformaron en un verdadero ataque de nervios la viva impresión que sufrió la duquesa. Sus doncellas tuvieron que meterla en la cama y hacerle aspirar sales.
—¡Mi hijo ha muerto! —exclamó—; al volver a ParÃs, mi emisario habrá encontrado ya la revolución en marcha.
La duquesa estaba absorta en sus pensamientos cuando le dijeron que el que tenÃa la impertinencia de despertar a todo el castillo era simplemente el mayordomo del pueblo.