Lamiel

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—No sé cómo me contengo —había dicho Saint-Jean al abrirle—; si le digo una palabra al inglés le devorarán sus perros.

—Eso ya lo veríamos —replicó indignado el maestro de escuela—; yo no salgo nunca por la noche sin el sable y la pistola que el señor cura me ha dado.

La duquesa oyó el final de este diálogo y estaba a punto de volver a desmayarse de rabia, cuando Hautemare, muy furioso a su vez, apareció por fin en el dormitorio.

—Señora, con todos los respetos que le debo, vengo a pedirle que me entregue a mi sobrina Lamiel; no es conveniente que duerma bajo el mismo techo que el señor hijo de la señora duquesa, para el cual sería un juego deshonrar a una familia respetable.

—¿De modo, señor mayordomo, que, después de haber puesto en conmoción todo el castillo, la primera palabra que me dirige a una hora inconveniente no es para pedir perdón? ¡Se presenta aquí por la noche como si llegara a la plaza del pueblo!

—Señora duquesa de Miossens —prosiguió el chantre en un tono muy poco respetuoso—, le pido perdón y le ruego que me entregue inmediatamente a mi sobrina Lamiel. Madame Hautemare no quiere que vea a su señor hijo.

—¿Qué dice de mi hijo? —exclamó muy alterada la duquesa.


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