Lamiel

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—Digo que llegará quizá aquí mañana por la mañana y que no queremos que vea a nuestra sobrina.

«¡Dios mío! —pensó la duquesa—, la conspiración de París ha pervertido hasta este pueblo; no debo indisponerme con este insolente. Tiene influencia sobre la canalla; lo mejor que puedo hacer es ir a pasar el resto de la noche en mi torre. Ruan va a arder a sangre y fuego como París; no puedo escapar a Ruan: debo buscar asilo en El Havre. Allí hay muchos comerciantes que tienen grandes almacenes llenos de mercancías, y aunque muy jacobinos en el fondo, por su propio interés impedirán durante unas horas el saqueo. Mi prima De la Rochefoucauld fue asesinada al principio de la Revolución porque el pueblo notaba que iba a buscar los caballos de posta; hay que sobornar a este Hautemare. Estas gentes se arrodillan ante un luis de oro, y yo le daré veinticinco, sí es preciso, para que me proporcione caballos de posta».

Mientras pensaba todo esto, la duquesa permaneció en silencio. Hautemare, muy irritado con todas las interpelaciones de que había sido objeto por parte de la servidumbre, imaginó que este silencio era una negativa.



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