Lamiel
Lamiel —Señora —dijo con insolencia a la duquesa—, devuélvame a mi sobrina, no me obligue a venir a buscarla acompañado por todos mis compañeros, a los que, sà es necesario, se sumarán tocios los amigos que tengo en el pueblo.
Estas palabras decidieron a la duquesa; lanzó al villano una mirada llena de odio y luego le dijo, en un tono meloso:
—¡Qué mal me comprende, mi querido monsieur Hautemare! Le devolveré su sobrina. Estaba pensando en que el fresco de la noche podÃa agravar su mal de pecho; diga, por favor, que enganchen los caballos al coche. Ruegue a madame Anselme que ayude a Lamiel a vestirse: yo también voy a vestirme.
Y, con gesto enérgico, señalaba la puerta a Hautemare, que hacÃa todo lo posible por mantenerse enojado; no querÃa de ninguna manera volver a su casa sin la sobrina: se figuraba la horrorosa escena que le harÃa madame Hautemare si le veÃa llegar sin ella.