Lamiel

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Por fin salió; la duquesa se precipitó a la puerta y le echó tres cerrojos. Hecho esto con mucho cuidado, la duquesa tuvo un momento de reposo. «Ha llegado el momento —se dijo—; ¡pues bien, mis diamantes, mi oro y el falso pasaporte que el buen doctor me ha procurado!». En este momento estaba muy animosa y no necesitó a nadie para abrir una pequeña trampa que mantenía cerrada con uno de los pies de su cama. La alfombra había sido cortada en este lugar, y sólo se mantenía unida por un hilván que la duquesa arrancó fácilmente. Los diamantes estaban en una cajita muy corriente; el oro la embarazaba más, y eran cinco o seis libras; había también billetes de banco, que escondió en el corsé con los diamantes. El oro lo metió en el manguito. Todo esto no le llevó más de cinco minutos. Corrió al cuarto de Lamiel, y la encontró llorando. Madame Anselme le había reprochado ásperamente la indiscreción de su tío, que venía a despertar al castillo a una hora tan ridícula.

Las lágrimas de Lamiel hicieron olvidar a la duquesa todos los temores que ella había sentido por sí misma. En aquel momento era tal su valor, que se echó a reír de buena gana cuando Lamiel le preguntó a dónde había llegado el incendio; como madame Anselme no contestó a sus preguntas más que con injurias, Lamiel creyó firmemente que había fuego en el castillo.


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