Lamiel
Lamiel Ambas damas se rieron mucho de su miedo y se durmieron tranquilamente después de prestar oído durante media hora al profundo silencio que reinaba en el pueblo. Al día siguiente, la duquesa no se despertó hasta las nueve, y un instante después, tenía a su hijo entre sus brazos. Era el 18 de julio de 1830. Fedor llegó a las siete y no quiso que despertaran a su madre. Estaba muy triste. «Si han continuado los disturbios —se decía—, mis camaradas dirán que soy un desertor; será preciso conseguir que mi madre, después de haberla abrazado, me deje volver a París».
Lamiel, al ver a aquel joven tan inquieto metido en su uniforme, le encontraba no sé qué aspecto lastimoso que excluía la idea de fuerza y hasta de valor: Fedor era alto, delgado y muy atractivo de rostro, pero el vivo temor de pasar por desertor le quitaba en este momento toda expresión decidida, y Lamiel le encontró muy parecido a su retrato. «Desde luego es éste el insignificante retrato que está en el cuarto de la señora, y que no mira nadie más que por la belleza del marco». Fedor, por su parte, en los momentos de tranquilidad que le dejaban los remordimientos, se decía: