Lamiel

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«Hay que reconocer —se dijo Fedor—, que éste es un hombre muy feo; pero dicen que este jorobado tan feo y esta niña singular manejan la voluntad de mi madre. Procuremos hacerles la corte a fin de conseguir que la madre nos deje volver a París». Tomada esta resolución, el duquesito entabló una animada plática con el médico de pueblo; comenzó con un relato exacto de los primeros disturbios que, el 26 al mediodía, se habían producido en el jardín del Palais-Royal, cerca del café Lemblin; dos alumnos de la Escuela Politécnica, que se encontraban en este café en el momento en que estaban leyendo en voz alta los famosos decretos, fueron corriendo a la Escuela Politécnica y contaron detalladamente a sus compañeros reunidos en el patio todo lo que habían visto y oído. El doctor escuchaba con una emoción que se reflejaba intensamente en sus expresivas facciones; estaba encantado de lo que podía ocurrir a los Borbones. Era muy natural que un hombre que se creía un dios por la naturaleza sintiera vivamente las insolencias de los nobles y del clero. Su imaginación saboreaba con delicia las humillaciones que iba a sufrir esta casa de Borbón que desde bacía un siglo protegía a los fuertes contra los débiles. «¿No son estas gentes —decíase Sansfin—, los que han dado para siempre el nombre de canalla a la clase en que yo he nacido? Para ellos, todo el que tiene inteligencia es sospechoso. De modo que, si este comienzo de insurrección tiene consecuencias un poco serias, si esos parisienses tan ridículos tienen el valor de tener valor, el viejo Carlos X podría verse obligado a abdicar, y la clase de la canalla a la cual pertenezco yo avanzaría un paso. Nos convertiremos en una burguesía respetable y a la que la corte tendrá que tomarse el trabajo de conquistar». Luego, de pronto, Sansfin recordó la buena posición en que se había situado con la Congregación, «Estoy en vísperas de conseguir un buen cargo —se dijo— si me acomoda pedirlo. Todos los castillos de la comarca darían cincuenta o cien luises cada uno, según el grado de su avaricia, porque a mí me ahorcaran; pero, mientras llega ese agradable momento, yo soy el único agente mediante el cual pueden comunicarse con el pueblo. Juego con sus terrores como Lamiel toca el piano[16]; los incremento y los calmo casi a voluntad. Sí consiguen una gran victoria, los más furibundos de entre ellos, los que forman el casino, conseguirán de los otros que me metan en la cárcel. El vizconde de Saxilée, ese joven tan bien formado y tan orgulloso de su tipo de mozo de cuerda, ha dicho delante de mí a esos nobles socios del casino: “Describir con tanta complacencia los medios de actuar que poseen los jacobinos es jacobinismo”. De modo que si el motín de París, a pesar de la ligereza de esos pobres papanatas, tiene el talento de causar un daño real a los Borbones, pierdo mi triunfo preparado con tanto cuidado desde hace seis años cerca de todos los castillos y de todos los curas de los alrededores; otros hombres poderosos aparecerán en el pueblo, y mi inteligencia tendrá que hacer milagros para asociarse al despliegue de la fuerza bruta; sí triunfa el partido de la corte y fusila a cincuenta diputados liberales, tendré que escapar a El Havre y acaso, desde allí, a Inglaterra, pues hace poco el vizconde de Saxilée acaba de pedir que me metan en la cárcel. Por lo menos registrarán mis papeles para ver si no estoy en connivencia con los liberales de París. Este mozo imbécil quiere volver a su Escuela Politécnica; hay que inducir a la duquesa a que consienta en ello, y yo seré el moderador del joven, le acompañaré a París, enviaré a la duquesa dos correos cada día, y, en el fondo, intentaré colarme en el partido vencedor. Estos parisienses son tan estúpidos que, naturalmente, la corte saldrá del paso con promesas; el pueblo, cuando deja de estar enfurecido, no es nada[17], y dentro de ocho días, los parisienses ya no estarán furiosos. En este caso, conquisto el favor del jefe de la Congregación y vuelvo a Carville como enviado suyo. Entonces ya es cosa mía hacer creer a todos los imbéciles del partido que el señor vizconde de Saxilée es una calamidad, capaz de estropearlo todo. Así me libraré por lo menos de la cárcel en que querría meterme ese majadero. Conviene, pues, adular a este tontuelo para que me acepte como compañero de viaje».


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