Lamiel

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Y Sansfin, mientras se hacía todas estas reflexiones, ya había comenzado a lisonjear al joven duque preguntándole mil detalles sobre el espíritu que animaba a la Escuela Politécnica y poniendo en las nubes a Monge, Lagrange y demás grandes hombres que la fundaron. Estos grandes hombres eran los dioses de Fedor, y libraban batalla en su corazón a todos sus prejuicios de estirpe, cuidadosamente fomentados por sus padres. Estaba muy orgulloso de ser duque, pero dos veces al día pensaba en su título, y veinte veces al día gozaba con delicia de la felicidad de pasar por uno de los mejores alumnos de la Escuela.

Cuando madame Hautemare entró por fin a decir que había luz en el cuarto de la duquesa, Fedor comenzaba a considerar a Sansfin muy inteligente, y Lamiel estaba admirada del talento con que el médico había conseguido conquistar al duquesito. Mientras éste fue a poner a la puerta de su madre un magnífico ramo de flores raras traídas de París, el doctor pudo decirle:

—Lo más difícil del mundo es gustar a alguien a quien se desprecia; no sé realmente si lograré caerle en gracia a este duquezuelo.



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