Lamiel

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Fedor subió a la habitación de su madre; el médico tenía que hacer unas visitas, y además quería que la duquesa le contara todo lo que su hijo iba a decirle ahora. Como se lo contaría a solas, le daría ocasión para inducir a la duquesa a enviarle a París con su hijo.

Pero cuando, transcurrida una hora, volvió el doctor, halló a la duquesa llorando y casi con un ataque de nervios: no quería oír hablar de la vuelta de Fedor a París.

—O esa revolución no es nada —y un abrazo histérico interrumpía cada palabra—; o esa revolución no es nada, y entonces tu ausencia no chocará a nadie —vienes a ver a tu madre enferma: nada más natural—, o esa revolución llega hasta el punto de esperar a pie firme a los treinta mil hombres de Saint-Omer que avanzan hacia París; en este caso, yo no quiero que un Miossens figure entre los enemigos del rey; tu carrera quedaría malograda para siempre; y como en las grandes ocasiones yo remplazo a tu padre, te doy orden muy formal de no separarte de mí ni un paso.

Después de pronunciar esta última frase en un tono bastante firme, ordenó a su hijo, que había corrido la posta toda la noche, que se fuera al castillo a descansar dos horas en la cama.

Ya sola con el doctor, dijo:


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