Lamiel

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El pueblo de Carville se extiende entre praderas en un valle casi paralelo al mar, que se domina en cuanto se asciende unos cuantos pies. Este valle, muy bonito, está dominado por el castillo; pero sólo durante el día podía mi alma sentir las apacibles bellezas de este paisaje. Por la noche, y la noche comienza a las cinco, con la campana de la cena, había que hacer la corte a la señora duquesa de Miossens, y ésta no era mujer que dejara prescribir sus derechos; a poco que alguien los olvidara, una frasecita muy seca recordaría al olvidadizo su deber. Madame de Miossens no tenía más que treinta años y no perdía nunca de vista su rango, tan importante. Además era devota, y el Faubourg Saint-Germain la ponía fácilmente a la cabeza de todas las colectas. Era, por lo demás, el único homenaje que este soberbio barrio se dignaba rendirle. Casada a los dieciséis años con un viejo que había de hacerla duquesa (el marqués de Albret, aunque viejo, no perdió a su padre hasta que la duquesa de Miossens cumplió los veintiocho años), hubo de pasar toda su juventud anhelando los honores que en tiempos de Carlos X se rendían aún a una duquesa. Estos deseos no le quitaron nada a la de Miossens, que no era muy inteligente para las cosas de fondo y anhelaba el medio de aceptar tales honores.




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