Lamiel

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Tal era la gran dama en cuya casa pasaba yo el mes de septiembre con la condición de ocuparme, desde las cinco hasta las doce de la noche, de las cotillerías y de las pequeñas aventuras de Carville. Es éste un pueblo que no se encontrará en el mapa, y pido permiso para decir de él horrores, o sea una parte de la verdad.

Las cazurrerías, los sórdidos cálculos de estos normandos apenas me permitían descansar de la complicada vida de París.

Yo era recibido en casa de madame de Miossens a título de hijo y nieto de los buenos messieurs Lagier, que habían sido desde tiempo inmemorial notarios de la familia Albret de Miossens, o más bien de la familia Miossens que se decía de Albret.

En este dominio, la caza era soberbia y estaba muy bien guardada. El marido de la señora de la casa, par de Francia, cordon bleu y devoto, no abandonaba jamás la corte de Carlos X, y el hijo único, Fedor de Miossens, no era más que un colegial. En cuanto a mí, un buen disparo me consolaba de todo. Por la noche, había que aguantar al señor abate Du Saillard, gran congregacionista[12] encargado de vigilar a los curas de las cercanías. Su carácter profundo como Tácito me aburría; no era un carácter al que yo me dignara por entonces prestar atención.


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