Lamiel
Lamiel A Lamiel ni siquiera se le había ocurrido; estaba muy ocupada en disimular la loca alegría que la devoraba, y que renacía cada mañana, cuando al despertarse, se decía a sí misma que ya no estaba en aquel magnífico castillo donde todo el mundo era viejo y en el que, de cada veinte palabras que se pronunciaban, dieciocho encerraban un reproche; ahora, su única ocupación desagradable era escribir todos los días una carta a la duquesa; a poco que se entregara a sus pensamientos, sus cartas estaban peor escritas, pero la verdad es que no tenía paciencia para copiarlas de nuevo; pensaba un instante en las suaves reprimendas a que daría lugar este olvido, pero en seguida olvidaba todo lo desagradable, y el temor a las reprimendas fundía el recuerdo de aquella duquesa tan amable para ella con el de madame Anselme y otras cosas desagradables del castillo. En resumen, a los diez días de salir del castillo, no quedaba de él en el alma de Lamiel otro recuerdo que un profundo desagrado de tres cosas que simbolizaban para ella el aburrimiento más atroz: la alta nobleza, la gran opulencia y los sermones sobre la religión.