Lamiel

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Nada le parecía más ridículo y más odioso a la vez que la dignidad afectada en el modo de andar y la necesidad de hablar de todo, incluso de lo más divertido, con una especie de desdén mesurado y frío. Después de confesarse estos sentimientos con una especie de remordimiento, Lamiel observó que la gratitud que sin duda alguna debía a la duquesa estaba bien pagada con lo que la fastidiaban sus maneras de gran dama; lo olvidó en seguida, y de no ser por la necesidad de escribir la carta, lo hubiera olvidado por completo.

Su repugnancia a cuanto le podía recordar la estancia en aquel aburrido castillo era tan grande que venció a la vanidad, tan natural en el corazón de una muchacha de dieciséis años.

El día que se marchó la duquesa, el doctor había encontrado tiempo para decirle:

—Vete a llorar en tu cuarto la marcha de tu protectora, y no salgas hasta mañana por la mañana.

Cuando al día siguiente bajó a dar un beso a madame Hautemare, ésta se quedó muy sorprendida al verla vestida de campesina, incluso con el horrible gorro de algodón que desluce todas las caras bonitas de las campesinas de las inmediaciones de Bayeux.


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