Lamiel
Lamiel Este rasgo de aparente modestia le valió a Lamiel los elogios unánimes de todo el pueblo. Aquel gorro de algodón tan feo, en aquella cabeza que habían visto adornada con tan bonitos sombreros, era un alivio para la envidia. Todo el mundo sonrió a Lamiel cuando salió al pueblo con zuecos y una falda de simple aldeana. Su tío, al no verla volver del final de la plaza, corrió hacia ella:
—¿A dónde vas? —le gritó con gesto alarmado.
—A correr —le contestó riendo—; en el castillo estaba en la cárcel.
Y, en efecto, se dirigió a toda prisa hacía el campo.
—Espérame sólo una hora; en cuanto termine la clase te acompañaré.