Lamiel

Lamiel

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—¡Pardiez!… —exclamó Lamiel; era una de esas palabras ordinarias que en el castillo le prohibían pronunciar—; ¡pardiez!, ya me defenderé yo de los ladrones —y echó a correr en zuecos para no escuchar las objeciones—. Caminó más de dos leguas, se detuvo con todas las antiguas amigas que encontró y no volvió hasta la noche. El maestro de escuela inició una amonestación en tres partes sobre lo mal que estaba, en muchachas de su edad, correr los caminos por la noche, pero le cortó la palabra su digna mitad, que tenía una apremiante necesidad de dar suelta al asombro, la admiración y la envidia que le habían producido la ropa interior y los vestidos de seda que había en los paquetes traídos del castillo.

—¿Es posible que todo eso sea para ti? —exclamó con una admiración triste.

Y madame Hautemare, después de hablar de cada objeto con detalles que a Lamiel le parecían muy largos, adoptó un gesto de seguridad desmentido por el tono de su voz, y añadió:

—Como te he criado, creo que tengo derecho a esperar que los días de fiesta y los domingos me dejarás llevar el peor de tus vestidos.


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