Lamiel
Lamiel Lamiel se quedó estupefacta; semejante lenguaje hubiera sido imposible en el castillo; madame Anselme y las otras sirvientas de la duquesa tenÃan ciertamente sentimientos bajos, pero sabÃan expresarlos de muy diferente manera. Madame Anselme, al ver estos vestidos, se hubiera echado en brazos de Lamiel, la hubiera abrumado de besos y de felicitaciones y luego le hubiera pedido riendo que le prestara uno de aquellos vestidos designándolo ella misma por el color. Esta petición de madame Hautemare consternó a la muchacha; le acudÃan en tropel penosas reflexiones: ¡de modo que no tenÃa a nadie a quien querer, de modo que las personas que ella habÃa creÃdo perfectas, al menos en cuanto a corazón, eran tan viles como las demás! «¡No tengo a nadie a quien querer!».
Mientras se entregaba a estas penosas reflexiones permanecÃa inmóvil, de pie y muy seria. La tÃa Hautemare dedujo que la querida sobrina vacilaba en prestarle uno de los vestidos que contenÃan los paquetes, y entonces, para decidirla, se puso a enumerarle todo lo que habÃa hecho por ella antes de irse al castillo.
—Pues después de todo, no eres nuestra verdadera sobrina —añadió—; mi marido y yo te sacamos del hospicio.
—Bueno, le regalo cuatro vestidos de los más bonitos —exclamó disgustada.
—¿Los que yo escoja? —preguntó la tÃa.