Lamiel

Lamiel

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Lamiel se quedó estupefacta; semejante lenguaje hubiera sido imposible en el castillo; madame Anselme y las otras sirvientas de la duquesa tenían ciertamente sentimientos bajos, pero sabían expresarlos de muy diferente manera. Madame Anselme, al ver estos vestidos, se hubiera echado en brazos de Lamiel, la hubiera abrumado de besos y de felicitaciones y luego le hubiera pedido riendo que le prestara uno de aquellos vestidos designándolo ella misma por el color. Esta petición de madame Hautemare consternó a la muchacha; le acudían en tropel penosas reflexiones: ¡de modo que no tenía a nadie a quien querer, de modo que las personas que ella había creído perfectas, al menos en cuanto a corazón, eran tan viles como las demás! «¡No tengo a nadie a quien querer!».

Mientras se entregaba a estas penosas reflexiones permanecía inmóvil, de pie y muy seria. La tía Hautemare dedujo que la querida sobrina vacilaba en prestarle uno de los vestidos que contenían los paquetes, y entonces, para decidirla, se puso a enumerarle todo lo que había hecho por ella antes de irse al castillo.

—Pues después de todo, no eres nuestra verdadera sobrina —añadió—; mi marido y yo te sacamos del hospicio.

—Bueno, le regalo cuatro vestidos de los más bonitos —exclamó disgustada.

—¿Los que yo escoja? —preguntó la tía.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker