Lamiel

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—¡Pues claro, pardiez! —repuso Lamiel con un gesto de desesperación y de impaciencia que no pasó inadvertido.

Aquel lenguaje bajo que había olvidado en el castillo, le produjo un efecto tristísimo. Sin dejar de reconocer en su fuero interno la poca inteligencia del tío y de la tía, había soñado con una familia a la que amar. En su necesidad de ternura, había llegado a considerar un mérito la falta de inteligencia de sus tíos; se quedó muy perpleja; luego, súbitamente, rompió a llorar. Entonces su tío intentó consolarla del enorme sacrificio que acababa de hacer regalando cuatro vestidos. Le expuso detalladamente lo mucho que debía a su tía. Lamiel, que quería conservar por lo menos la posibilidad de querer a su tío, huyó, en un impulso instintivo, y se fue a pasear al cementerio: «Si estuviera aquí el doctor —se dijo—, se reiría de mi dolor y de las absurdas esperanzas que me lo han producido; no me consolaría, peto me diría cosas verdaderas que me impedirían en lo futuro caer en un error semejante».





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