Lamiel
Lamiel Desapareció para ella todo lo que había de bonito y de tranquilo en la miserable cabaña de su tío. Ni siquiera quisieron permitirle ocupar la habitación del segundo piso de la torre, con el pretexto de que estaría allí sola, y las comadres del pueblo no dejarían de decir que podría abrir la puerta por la noche a algún galán. Esta idea horrorizó a Lamiel. Confinada en su pequeña cama del comedor, del que sólo la separaba un biombo, Lamiel oía sin querer todo lo que se hablaba en la casa. Los días siguientes, el sentimiento de profunda repugnancia no hizo más que crecer y embellecer. Además de la contrariedad por lo que veía, Lamiel estaba aún irritada consigo misma, «Yo me creía sabia —se dijo— porque a veces ponía en apuros al abate Clément y hasta al propio doctor Sansfin; es simplemente que sé decir algunas palabras bonitas, pero, en el fondo, no soy más que una chicuela muy ignorante. Llevo ya ocho días sin poder salir de mi profundo asombro; tenía por seguro que en la choza de mi tío hallaría libertad de movimiento, y por consiguiente, pensaba que iba a ser perfectamente feliz. He encontrado esta libertad cuya ausencia me resultaba tan dura en el castillo, y sin embargo, acaba de quitarme toda alegría una cosa cuya existencia no hubiera sospechado jamás en el castillo». Pasados dos días, sus tristes sentimientos, que no la dejaban un solo instante, la llevaron a la convicción de que había que desconfiar de la esperanza. Esta verdad estuvo a punto ele hundirla en la desesperación. Antes lo veía todo de color de rosa, y ahora, de pronto, sus sueños de placer recibían el mentís más cruel. Su corazón no era nada tierno, pero su inteligencia era notable. Para esta alma, en la que todavía no había surgido el amor, la primera necesidad era una conversación interesante; y de pronto, en lugar de las anécdotas del gran mundo contadas detalladamente por la duquesa y de una manera muy inteligible; en lugar de las gracias que brillaban en los comentarios del abate Clément, hallábase condenada todo el día a las ideas más vulgares de la prudencia normanda expresadas en el estilo más enérgico, es decir, el más bajo.