Lamiel
Lamiel Juan se rascaba la oreja:
—Es que —le dijo después de muchas vueltas y muchos la señorita es muy buena—; es que mañana no habré acabado el trabajo. Este trato me da más de seis francos diarios, y mañana no volveré con el carro de Méry hasta las ocho de la noche.
—¿Cuándo quedarás libre?
—El martes. Y puede que no; puede que haya todavÃa algo que hacer, y el amo no me pagará hasta que esté todo terminado. Lo más seguro será el miércoles, para no perjudicarme.
—Muy bien; te daré diez francos; ve al bosque el miércoles sin falta, a las seis de la tarde.
—Bueno, por diez francos, iré mañana martes, si quiere la señorita, a las seis en punto.
—Muy bien, pues mañana por la tarde —dijo Lamiel, irritada ya por la avaricia de aquel bruto.
Al dÃa siguiente, encontró a Juan en el bosque, vestido de domingo.
—Bésame —le dijo.
El mozo la besó. Lamiel observó que, cumpliendo la orden que ella le diera, acababa de afeitarse. Se lo dijo.
—Es muy justo —replicó vivamente—; la señorita es el ama; paga bien, ¡y es tan guapa!…
—Claro; quiero ser tu amante.