Lamiel

Lamiel

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—Bésame, apriétame en tus brazos.

Juan la besó y se puso muy colorado, Lamiel no sabía qué decirle; estuvo pensándolo un cuarto de hora en silencio, y luego dijo a Juan:

—Vámonos; tú vete hasta Charnal, a una legua de aquí, y no digas a nadie que te he traído al bosque.

Juan, muy colorado, obedeció; pero al día siguiente, al volver a la escuela, el mozo la miraba mucho. Ocho días después era el primer lunes del mes. Lamiel iba siempre a confesarse este día. Le contó al padre su paseo por el bosque; no se le ocurrió ocultar nada, devorada como estaba por la curiosidad.

El honrado sacerdote le echó una reprimenda terrible, pero no le enseñó nada o casi nada nuevo. Tres días después, Hautemare despidió a Juan Berville y se puso a espiar a su sobrina Lamiel. Una palabra dicha por Hautemare y sorprendida por Lamiel hizo sospechar a ésta que ella tenía alguna parte en el despido de Juan. Le buscó, le encontró a los ocho días conduciendo los carros de un vecino, corrió hacia él y le dio dos napoleones. Juan, muy asombrado, miró a lo lejos; no había nadie en toda la carretera; besó a Lamiel y la pinchó con la barba; ella le rechazó vivamente, pero, sin embargo, decidió saber a qué atenerse sobre el amor.

—Ven mañana a las seis al bosque donde estuvimos el otro domingo; yo iré también.


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