Lamiel

Lamiel

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«¡Bueno!, ¿no es más que eso?, se dijo. Tiene la piel suave, no tiene la barba dura como mi tío, que me raspa cuando me besa», Pero al día siguiente su curiosidad tornó a pensar en la poca satisfacción que da dejarse besar por un joven. «Tiene que haber más que lo que yo he sentido, pues si no los padres no insistirían tanto en prohibir estos pecados».

El magister Hautemare tenía una especie de ayudante para tomar las lecciones, llamado Juan Berville, un bobalicón de veinte años, alto y muy rubio. Hasta los niños se burlaban de aquella cabecita redonda encaramada en aquel cuerpo tan largo. Juan Berville temblaba ante Lamiel, Un día de fiesta, ésta le dijo después de comer:

—Los otros se van a bailar; sal tú solo y espérame en el cruce, a un cuarto de legua del pueblo, junto a la cruz grande; yo llegaré un cuarto de hora después.

Juan Berville se puso en camino y llegó al pie de la cruz sin sospechar nada.

Llegó Lamiel.

—Llévame a pasear al bosque —le dijo.

El cura prohibía especialmente a las muchachas ir a pasear al bosque. Cuando estuvieron en el bosque y en lugar muy escondido, rodeado de grandes árboles y detrás de una especie de empalizada, Lamiel le dijo a Juan:


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