Lamiel

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Capítulo 9

Durante los meses siguientes, Lamiel se aburría siempre que estaba en la casa de su tío; se pasaba la vida en los prados. Tornó a sus meditaciones sobre el amor; pero sus pensamientos no eran tiernos, eran solamente de curiosidad.

El lenguaje que empleaba su tía para ponerla en guardia contra las seducciones de los hombres debía a su vulgaridad un éxito completo: la repugnancia que aquel lenguaje le daba recaía de rechazo sobre el amor. En esa época de su vida, cualquier novela hubiera sido su perdición. Su tía le dijo un día:

—Como se sabe que los preciosos vestidos que yo llevo el domingo a la iglesia proceden de ti, los mozos supondrán quizá, por lo demás con razón, que la señora duquesa te hará un regalo el día que te cases, y en cuanto te vean sola, tratarán de cogerte entre sus brazos.

Estas últimas palabras suscitaron la curiosidad de Lamiel y, al volver de su paseo de la tarde, un mozo que venía de una boda del pueblo vecino, donde había bebido mucha sidra, valiéndose de un ligero conocimiento, la abordó e hizo ademán de cogerla entre sus brazos. Lamiel se dejó besar muy tranquilamente por el mozo, el cual concebía ya grandes esperanzas, cuando Lamiel le rechazó con fuerza; y, como él insistiera, le amenazó con el puño y echó a correr. El borracho no pudo seguirla.


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