Lamiel

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«Está claro —se dijo—, la que compró el aceite es mi sobrina»; y aunque la velada era húmeda y bastante fría, fue a acostarse temprano y cuando oyó que su mujer dormía, bebió un trago de sidra y salió de casa por la misma ventana que daba al patio y por la que, unos minutos antes, había salido Lamiel.

Rondó inútilmente en torno a la casa: no vio nada extraordinario.

Tres noches seguidas se tomó el bueno de Hautemare todas estas molestias y no vio nada. La cuarta se le ocurrió ir a preguntar a Lamiel dónde estaba la llave de las manzanas, y encontró un silencio alarmante en el altillo que ocupaba la muchacha en la sala. La cama no estaba deshecha. Lamiel no se había acostado.








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