Lamiel
Lamiel —Pues la reñiré de todos modos —replicó Hautemare con aplomo—. ¡Tres libras de aceite es mucho de una vez! No sé si se lo dije con todas las letras, pero cuando le di el encargo podÃa haber comprendido que sólo se trataba de libra y media o dos libras a lo sumo.
—Bueno, bueno, no riña a la muchacha. Tratándose de aceite hay que contar también lo que se queda pegado en la alcuza.
Y estuvo hablando más de un cuarto de hora al maestro de escuela, que volvió a casa muy pensativo. «¿Se lo mandó mi mujer —se preguntaba—, o ha salido de la pequeña?». La tendera le habÃa dicho que Lamiel habÃa pagado dando a cambiar un escudo de cinco francos. «Otra tonterÃa —pensaba Hautemare—, con los dobles sous que tenemos que pasar».
Hautemare se pasó la velada calculando las palabras que iba a decir; en primer lugar, por no dar sospechas a su mujer o a su sobrina, y luego, por tratar de adivinar. No adivinó nada. Al dÃa siguiente, volvió a casa de la tendera, pero al pasar por su tienda dio a entender que venÃa de mucho más lejos; no averiguó nada nuevo, pero tuvo el tacto de provocar una discusión con su mujer sobre el empleo que habÃa dado a un cartucho de cincuenta sous, y quedó convencido de que en varios dÃas no habÃa comprado más que pimienta y unas hierbas cuya existencia comprobó él.