Lamiel
Lamiel Durante ocho días, Lamiel se entregó por completo a la lectura; por el día iba a leer al bosque, y por la noche leía en la torre; tenía unos escudos de cuando se marchó la duquesa, y compró aceite. El mismo día la tendera que le había vendido este aceite llamó al bueno de Hautemare al verle pasar y le dijo mil finezas; el maestro de escuela no comprendía esta singular acogida, pero, como hombre prudente, no quiso mostrar su extrañeza. Se había prometido no preguntar nada a la tendera, pero observar con gran atención todo lo que dijese. Por fin, cuando ya se marchaba Hautemare, la tendera le dijo estas singulares palabras:
—¡Ah!, muchas gracias, querido vecino, por haberse hecho parroquiano mío.
Hautemare se acercó a ella; no entendía en absoluto de qué se trataba, pero, como buen normando, añadió:
—Por lo menos, espero que me dará buen peso.
—¡Cómo buen peso! —replicó la tendera—; la alcuza hacía tres libras y más de media onza; en primer lugar, le he puesto la primera calidad a doce sous, aunque ayer mismo lo he vendido a doce sous y un cuarto, y además no le cobré a Lamiel la media onza larga.