Lamiel

Lamiel

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El ejemplar de Gil Blas que Lamiel había cogido en el castillo tenía estampas, y esto la decidió a abrir este libro antes que los demás. Había conseguido meter todos sus libros en la torre antes de que la viera su tío, que se hubiera enfadado mucho de haberlos visto, pues, aunque maestro de escuela, repetía a menudo: «Los libros han sido la perdición de Francia». Era una de las máximas del terrible Du Saillard, el cura de la parroquia. Al esconder estos libros en la planta baja de la torre, Lamiel leyó algunas páginas del Gil Blas; tanto le gustaron que a las once, cuando vio a su tía y a su tío profundamente dormidos, se atrevió a salir de la casa por una ventana trasera. Tenía la llave de la torre, entró en ella y estuvo leyendo hasta las cuatro de la mañana. Al volver a acostarse era perfectamente feliz; ya no estaba irritada consigo misma. En primer lugar, con la cabeza llena de las aventuras que cuenta Gil Blas, ya no pensaba apenas en los sentimientos que se reprochaba, y luego, lo que valía mucho más, había encontrado con Gil Blas sentimientos de indulgencia para ella y para los demás; ya no le parecían tan viles los sentimientos de su tía Hautemare ante los preciosos vestidos.





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