Lamiel

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Lamiel había cogido primero las novelas de madame de Genlis, la Biblia, Erasto o el amigo de la juventud, Sethos, las historias de Anquetil y otros libros permitidos por la duquesa, «Soy una tonta —se dijo—. Me preocupo del profundo asco que me producen los melosos cumplidos de esta mujer que me detesta: olvido el precepto del doctor: juzgar siempre la situación y elevarse por encima de la sensación del momento. Ahora puedo llevarme todos los libros que la señora me prohibía con tanto rigor». Cogió las novelas de Voltaire[18], la correspondencia de Grim, Gil Blas, etc., etc.

Madame Anselme había dicho que haría la lista de las obras elegidas; pero Lamiel, para evitar esta lista acusadora, escogió libros no encuadernados, a la espera de ser leídos. Madame Anselme, al ver que los libros que llevaba no estaban encuadernados, se conformó con contarlos, Lamiel, camino de la casa con su fardo, estaba profundamente triste; no podía contestar a una pregunta que se hacía y esto la irritaba contra sí misma: «Me irrita la grosería bondadosa que encuentro en casa de mi tío y me irrita la cortesía demasiado melosa de esa madame Anselme, que quisiera con toda su alma verme en el fondo del estanque grande, como decía el doctor Sansfin; estoy, pues, a los dieciséis años como dice el doctor Sansfin que están las mujeres de cincuenta. Todo me irrita y estoy furiosa contra el género humano».


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