Lamiel

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Lamiel llegó al cuarto de madame Anselme con unos ojos que asustaron a ésta: tanta desesperación expresaban. Lamiel acababa de atravesar el salón donde tantas veces le había dirigido el abate Clément tan bonitas palabras, mientras que ahora se negaba a recibirla. La vieja doncella tenía preparada una gran cantidad de punzantes impertinencias que se proponía decir a Lamiel la primera vez que la viera. No le perdonaba a la muchacha los siete vestidos de seda de la duquesa que ella esperaba que le fueran destinados.

Pero lo primero que pensó al ver a Lamiel fue que a ella, a madame Anselme, la separaban lo menos nueve pies del primer salón en el que quizá se hallaba un viejo criado sordo: estuvo, pues, con la joven de una cortesía tan melosa que a Lamiel le dio asco. Le dijo bruscamente:

—La señora me ha mandado continuar mi educación de lectora, y vengo a buscar libros.

—Tome todos los que quiera, señorita; ya sabemos que todo lo que hay en el castillo es suyo.

Lamiel aprovechó el permiso y se llevó más de veinte volúmenes; salió de la biblioteca y luego volvió a entrar muy presurosa.

—Me olvidaba… —dijo a madame Anselme, que seguía sus movimientos con mirada celosa.


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