Lamiel

Lamiel

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La sensibilidad de Lamiel sufrió un gran choque; volvió llorando a casa de su tío. Al día siguiente, había tomado la decisión de no dejarse impresionar por ninguna clase de acogida. Antes temblaba ante la sola idea de ir a ver a madame Anselme, de la que esperaba que le haría un recibimiento muy burlón y malévolo. Ahora que había sido mal recibida por el abate Clément, al que creía amigo suyo, ¡qué le importaba todo lo demás!… Aunque nacida en Normandía, Lamiel no era hábil en el arte de impedir que su rostro trasluciera los sentimientos que la perturbaban. A decir verdad, no había tenido tiempo de adquirir experiencia. Era un corazón y un espíritu romántico que se imaginaba las probabilidades de felicidad que iba a encontrar en la vida; esto era el reverso de la medalla. Las conversaciones de la duquesa y del abate Clément, y la cruda filosofía del doctor Sansfin habían desarrollado brillantemente los gérmenes de la inteligencia que ella había recibido de la naturaleza; pero, mientras pasaba así largas veladas, no tenía ninguna ocasión de someterse a las impresiones y a las pequeñas mortificaciones que da el áspero contacto con los iguales. No tenía más experiencia que la de la impertinencia de un grupo de criadas envidiosas; tenía dieciséis años, y la última chicuela del pueblo sabía más que ella de los jóvenes y del amor. A despecho de los poetas, estas cosas no tienen en los pueblos nada de elegante; todo en ellas es grosero y todo fundado en la experiencia más concluyente.


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