Lamiel
Lamiel Cuando volvía pensativa y burlona, divisó a un guapo mozo muy bien vestido que avanzaba hacia ella por la carretera. Este joven, que parecía corto de vista, detuvo casi su caballo para poder mirar a Lamiel mejor con su anteojo, Cuando estuvo solamente a treinta pasos, hizo un gesto de alegría, llamó a su criado, le entregó el caballo y el criado se alejó al trote largo.
El joven Fedor de Miossens, pues era él, se arregló el pelo y se dirigió hacia Lamiel con paso seguro.
«Decididamente, viene contra mí», se dijo ésta.
Y cuando le vio muy cerca:
«En el fondo es tímido y quiere hacerse el intrépido».
Esta observación que hizo de pronto nuestra heroína la tranquilizó mucho; al verle venir con su paso decidido y su aire de alta fatuidad, Lamiel pensaba:
«El camino está muy solitario».
Al día siguiente de llegar el duque, Duval, su criado favorito, le contó que, ante su próxima llegada, se habían creído obligados a alejar a toda prisa a una muchachuela de dieciséis años, encantadora en todos los aspectos, favorita de su madre, que sabía inglés, etc.
—¡Bueno! —exclamó el duquesito.