Lamiel

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—¡Cómo que bueno! —replicó Duval con todo el aplomo de un hombre que administra a su amo—; es una cosa que le roban al señor duque. El señor duque debe conquistar a esa mocita; se le dan unas libras y una bonita habitación en el pueblo, y el señor duque va por las noches a su casa a fumar unos cigarros.

—Sería casi tan aburrido como estar con mi madre —repuso el duque bostezando.

Duval, viendo que la descripción de esta felicidad causaba poca impresión, añadió:

—Sí alguno de los amigos del señor duque viene a verle a su castillo, el señor duque tendrá algo que enseñarle por las noches.

Esta razón impresionó al joven, y la elocuencia de Duval, que se preocupó de hablar de Lamiel mañana y tarde, preparó para que se dejara guiar a aquel mozo que temblaba a la sola idea de dar algún paso ridículo que pudiera ser comentado en desdoro suyo, Pero la vida era aburridísima en el castillo de Miossens; el abate Clément era demasiado inteligente para exponer ideas ante un joven fatuo que venía de París y que sabía que él era sobrino de una sirvienta de su madre.


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