Lamiel

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Fedor acabó por rendirse, aunque a regañadientes, a las exhortaciones de su tirano Duval. Llevaba tres o cuatro años realmente muy absorbido por la geometría y la química, y conservaba todas las ideas de los dieciséis años sobre el tono de facilidad y de desparpajo con que un hombre de alto linaje debía abordar a una mozuela, aunque la mozuela hablara inglés. Estas ideas eran el verdadero obstáculo, y no se atrevía a confesárselo a Duval. En el fondo le molestaba el perfecto descaro de este hombre; temía el ridículo. El duquesito era noble de alma; no veía que el único móvil de su criado eran los cinco o seis luises que podía ganar en la preparación del pisito para Lamiel. Cuanto más tímido era Fedor, más le agradaban las adulaciones de Duval, que sólo podía decidirle a actuar extremando tales adulaciones.

Le aduló, por ejemplo, horriblemente el día en que le decidió a hablar a Lamiel. En cuanto la vio, Fedor se apresuró a apearse del caballo y se dirigió hacia ella haciendo muchos gestos.

—Aquí tiene, señorita, un estuche de madera adornado de puntas de acero y que, por cierto, es muy bonito. Lo olvidó en el castillo de mi madre, que la quiere mucho y me encargó que se lo devolviera la primera vez que la viese. ¿Sabe que llevo un mes buscándola? Aunque no la había visto nunca, la he reconocido en seguida por su aire distinguido.


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